Irresponsabilidad social corporativa
Publicado por Leandro Ardanza, el 17/01/12.
Rousseau publicó en 1762 “El Contrato Social”. El autor francés de la Ilustración había adivinado que las leyes son importantes, pero que para disfrutar de un espacio de convivencia todavía lo es más la confianza entre las partes, la colaboración de las personas, y el respeto mutuo. El acuerdo social era el fundamento del estado de derecho, y la base de la igualdad y libertad de las personas.
El contrato social del siglo XVIII se aplicaba a la ciudadanía y a los poderes públicos. En el siglo XX han aparecido nuevas vecinas: las empresas, y éstas se incorporan al contrato social a través de la responsabilidad social.
La responsabilidad social corporativa (RSC) engloba aquellos valores y acciones de las empresas que van más allá de sus estrictas obligaciones legales. Con distintos patrones, otorga una guía de conducta para hacer sostenible su desarrollo, en el ámbito económico, social y medioambiental. Multitud de organizaciones de todos los tamaños han redactado planes de RSC, han publicado normas internas de conducta, y han difundido sus resultados a través de memorias de sostenibilidad.
Con gran optimismo, todo el mundo esperaba una mayor satisfacción de los clientes y del propio personal. Es más; las portadas de los periódicos del siglo XXI iban a inaugurar este ciclo con excelentes noticias sobre la sostenibilidad y el beneficio mutuo.
Eso era la teoría. En la práctica, llevamos unos cuantos años con las portadas dedicadas a la “Irresponsabilidad Social Corporativa”. La valoración y la confianza en el mundo empresarial están en niveles muy bajos. Los indignados salen a la calle quejándose contra la globalización y contra el sistema financiero. Los clientes de diferentes servicios están airados. Los accionistas minoritarios de empresas cotizadas llevan tres años enfadados. Las personas trabajadoras han rebajado de forma importante sus expectativas. Las personas compradoras de inmuebles piensan que han sido estafadas. Hay sorpresa con los beneficios salariales que se han adjudicado directivos de compañías quebradas. La estafa piramidal ha vuelto a introducirse en el lenguaje coloquial.
El problema no es solo de reputación. Es también económico. La falta de credibilidad pasa factura porque la clientela no se fía, no está dispuesta a arriesgar o gastar su dinero con productos y servicios que chocan con sus valores.
Gran parte de la humanidad cree que se ha roto el contrato social con el mundo empresarial, y nos preguntamos: ¿qué podemos hacer para devolver la confianza en las empresas? La confianza, el fortalecimiento de nuestro entramado corporativo, es una de las bases necesarias para salir de la crisis con paso firme.
Y Rousseau nos da otra vez la respuesta: “ser libre es obedecer la ley que uno mismo se ha trazado”. Hay multitud de modelos de RSC, pero cada empresa debe seguir su propio camino. Como en muchas otras áreas estratégicas, la solución real es única y distintiva, atiende al entorno pero nace desde el interior. En un reciente ejercicio del Ayuntamiento de Bilbao, un grupo de entusiastas Pymes de la ciudad han propuesto soluciones tan distintas como plantar un pequeño bosque, ayudar a municipios pequeños a conservar su patrimonio cultural o mejorar la calidad de vida de enfermos dependientes.
Para avanzar hay unas pautas recomendadas. En primer lugar, hay que identificar los valores que guían la empresa, que siempre tienen relación con el entorno. En el corazón de cada compañía hay un deseo de valor aportado a la sociedad o a otras empresas, la búsqueda de un proyecto que aúne a un equipo de gente, y en muchos casos la pasión por la naturaleza y el medio ambiente.
En segundo lugar debemos mirar de nuevo hacia adentro y describir nuestras capacidades. Algunas empresas se plantean la RSC como una aportación económica, pero en la mayor parte de los casos nos podemos apoyar en recursos existentes: capacidad para formar o dar servicio a otros, disponibilidad de infraestructuras útiles, herramientas tecnológicas que tienen un bajo coste variable, flexibilidad en las operaciones para lograr un mayor bienestar de la plantilla…
El tercer paso es abrir los ojos y mirar. A nuestro alrededor están los agentes o “stakeholders” con los que se relaciona la empresa. Podemos dirigir nuestra mirada hacia el tercer mundo, pero también hacia nuestros vecinos y vecinas, y por supuesto hacia el personal o “cliente interno”. Nuestra propia clientela es otro destino potencial de nuestra actuación responsable. La salida de la crisis va a imponer muchos sacrificios, y los compradores están deseando buscar socios para afrontar el camino.
El siguiente paso es definir un plan. Podemos preparar un plan de un folio o de ciento cincuenta, pero lo importante es tomar un tiempo para reflexionar: ¿qué vamos a hacer y cómo lo vamos a hacer? Realizar un proyecto colaborativo, con el equipo de la empresa. La RSC no se puede imponer.
Y por último, poner en marcha nuestras políticas, y comunicarlas, de forma prudente pero sin vergüenza. La RSC deja una semilla que puede crecer lentamente, y no está totalmente exenta de riesgos, pero los frutos son necesarios, y como en la revolución ilustrada, representa un paso imprescindible para fortalecer esa fabulosa organización que se llama empresa. Volver